Primer Viernes de Marzo. Viernes con mayúscula de devoción y frío entre Castillas. La mañana soleada y el crepúsculo lluvioso dejan un  paisaje de nieve en las montañas. Viernes santo pues, preludio de Pascua y procesiones. La bandera de Colón se estira de viento y paraguas van apareciendo, colorines, en mi camino hacia el Congreso. Fuera, un conjunto de turistas y ociosos se van arremolinando desde hace unas horas para jalear a las figuras de la segunda corrida de festejos. Unos han llegado sonrientes con su cuadrilla, otros en taxi y alguno en coches de cristales tintados. España se va dibujando así en festejos con patrón repetitivo de corrida y procesión.

En la plaza se festeja una alternativa fallida. La confirmación, en todo caso, de una nueva forma de Fiesta. Se ve ya un cansancio muy prematuro de los maestros, que se arrastran entre el desencanto y la planificación de la próxima temporada. Las faenas se ven un poco sabidas. Mientras el cabeza de cartel sigue crecido y ensimismado citando al toro desde el infinito para que se arranque, aunque no lo vea, lo despacha en dos capotazos sin pasión. El aspirante sigue a piñón fijo, con sus cansinos pases de tiralíneas y a destiempo que acaban por desesperar a toro y afición. El niño nazareno sigue disfrutando su gloria vacilando, en un toreo sentimental de falsete tremendista arrimándose a toro pasado para que una sangre sin peligro moje una barriga a la que no llegan los pitones. El chaval de los naranjos entra nervioso con bronca, trastabillado y con sonrisa desdibujada de ansia. Y es que los pases, es lo que tiene, ya parecen viejos desde el principio. No tienen repertorio, ese es el problema y no entienden al toro. Los defectos se hacen visibles en esta segunda tarde y la supuesta técnica se burla con saltos de la rana hacia terrenos baldíos.

Sin embargo en esta tarde machacona, todo se anima por los subalternos. De negro y nada salta el matonismo de machete sin espada de espontáneos en toreo autista y con figura cargada. En su falta de estética y orden cansan hasta el presidente. Produce el efecto, sin embargo de animar a que ya nadie siga las suertes y, como se prevé, la liturgia se descompone. Aparecen los gritos del tendido ante la falta de dirección de la lidia y la corrida se convierte, ya lo preveíamos, en charlotada. La charlotada es la guerra por su cuenta, ni orden ni concierto. El desprecio a la Fiesta y, sobre todo al toro.

Dejo las broncas y las almohadillas y, desde los corrales, el personal sigue paseando entre paraguas hablado con una poli abrigada que deja hacer fotos. La farsa está vista pero la fiesta española sigue, en todo caso. O comienza.  Hacia Medinaceli, sin figuras y cantamañanas, el Toro español libre se encarna en filas moradas donde, por fin, se estira alegre. Es en los campos de la España de barrios de las letras y de la fe donde embiste su libertad entre capillas y calles de familia. La España del templo y las tabernas, nuestras dos espiritualidades, fluye así ajena al toreo de salón artificial.

Dos espacios incompatibles pues, vemos en este Viernes: un hemiciclo que busca descuartizar la patria, y unas calles que la unen. Porque aquí solo hay una figura que brilla: es un hombre agitanado lleno de espinas que congrega masas que se inspiran por amor. Desde ese centro se reza y se bendicen familias almas y tabernas, ordenes naturales donde un pueblo anónimo se elije vivo y clama que le dejen en paz de una vez.

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