A mi amigo Juan Benavente, Rocha.

«La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño» – Friedrich Nietzsche

El III Reich avanza a paso monstruoso hacia su estuche. Con cuidado van desapareciendo en la sombra del estuche de cartón esvásticas y serpientes. El altar que nos recibe es amplio, han dado todas las luces del lugar y el artista, con mimo, retira el objeto hacia un rincón del fondo. En el centro del tablero el ejército sigue disciplinado en descanso. Otra caja se sitúa en el centro y, a toque de retirada, se va colocando el resto de la obra, cada uno en su sitio alrededor de un paquete de tabaco.

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He llegado hace dos horas. Antes de lo previsto. Pensaba que el trayecto iba a durar más y aparecí diez minutos antes. Estoy citado en la Gran Vía de San Blas. En una cafetería amplia de camareros en blanco y negro que dan churros y vermuts a gente con bolsas de la compra. Pido porras y llamo a mi contacto. Me he adelantado, tras avisar de un posible retraso, y se sorprende. La voz es cercana, mucho. Tanto que miro a los ventanales y veo la sonrisa de Benavente en la puerta.

La primer vez que nos dimos la mano fue en una Quedada. Mi intuición me dijo que el chaval era interesante. Mirada viva, acento Madriles vocalizado y casta y actitud de hacedor de historias. Un artista, un tipo diferente, le dije a Nuria entonces. En esta mañana el choque de manos se mantiene intacto desde entonces, misma impresión. Parece que alguien más que nos iba a acompañar se ha desvanecido cinco minutos antes del partido, apuro mi cortado y él su caña y nos abrimos al sol.

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La Gran Vía es la calle comercial de la zona. Me introduce el barrio y enseguida nos salimos de la ruta estándar para entenderlo mejor. Las vías se estrechan y los pisos ventilan una intimidad de lencerías, sábanas y pijamas que cuelgan alegres a un sol entre semana. El barroco es la “profundidad hacia afuera” como todos sabemos, y el universo que nos acoge tiene ese matiz: filas de sábanas como estandartes de fiesta se agitan para recibir el desfile de la bohemia. Pasadizos con pintadas nos llevan al primer destino: una Taberna fantástica de Sastre en una esquina. La habita una clientela perpetua que ve la tele y saluda al “Rocha”. No digo nada y pido vino saludando a mi turno. He venido con Juan Benavente y al primer vino estoy brindando con el Rocha. Hemos entrado así en un mundo con dialéctica propia, lenguaje diferencial y acentos marcados. La chica de la barra nos han preparado un zulo en la cueva, exclusivo del artista, infraestructura que sirve de salón de comunicación virtual, sala de eventos y lugar de inspiración mística. Bajamos a los subterráneos y empezamos a jugar.

Rocha me habla contándome vida y milagros. Cree que no le atiendo y se sonríe, tímido. Asiento. Sucede que estoy a muchas conversaciones en este instante: ante mí un ejército me mira fijamente y me susurra a gritos. He vuelto a patria infante en apenas unos peldaños. Dirijo mi ejército en todas las posiciones. La cámara echa humo, Rocha se ríe y con disimulo se acerca al visor y mandos de la Olympus “joder, con buen aparato bien se folla”, concluye su diagnóstico técnico. Los soldados de plastilina gritan porque están vivos, están hechos desde la vida. “De dentro hacia afuera” me explica su proceso creativo. Él lo enfoca desde la técnica, de la forma hacia los detalles del uniforme, pero yo lo entiendo desde la mística, desde el alma hacia la orfebrería. Así me interesa más, como siempre, captar el alma más que los detalles. Tras planos generales las fotos se difuminan para captar un gesto del indio, la mirada del moro, las manos del brigada, la rabia del Marino, el cansancio del zapador, la atención del Gordon, la desesperación del Reich… de vez en cuando levanto la mirada alucinada y veo que Rocha saluda a curiosos que asoman la cabeza a las catacumbas para curiosear al saludo de ¡qué passssa Rocha!

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No sé cuánto tiempo ha pasado. En los subterráneos el tiempo se eterniza y yo ya sabía que este vermut iba para largo. Las cajas vuelven para dejar a los héroes descansar tras tanta batalla y me parece no distinguir ya al Rocha de las caras de su prole.

Fuera el sol sigue deslumbrando y empezamos a patear el barrio. Es un lugar mítico, de parcelas para alojar a una España arrancada del pueblo siguiendo una senda de cemento que iría a desembocar en un supuesto sueño. El Pueblo originario quiere hace presente sus raíces en jardines improvisados, arrancados al asfalto inventándose en huerto alambrado, o pinos crecidos donde jugaban antaño los niños. Entre esta vegetación sentimental apareces torres eléctricas obsoletas como árboles petrificados de la posmodernidad.

Seguimos entre callejones buscando otras tabernas y dos hermanos que lideran el garito me orecen Ribera del Duero. Bar moderno con pantallas de música a medio tono. Brindamos y comemos zarajo de Cuenca que nunca había tomado. Me explican el menú los hermanos, es casquería, mira aver. Al final de la barra el mundo se mezcla y se oyen acordes por soleares. En la sala vip del fumaque nos asalta el trovador y el cuencacuentos, grupo representativo del gremio de los “buscavidillas”. Uno nos habla de Xixón , minas y mujeres mientras que el otro nos canta un martinete. Retrato al lumpen-artístico y volvemos al menú. La sonrisa del hermano nos ofrece unas bolas sobaqueras y vuelve il trovatore pidiendo derechos de imagen. Yo estoy tranquilo, bajo la protección del Rocha, que lo zanja con un sorbo a su botijo. Rocha es respetado y querido, así inicia tras la pausa un diálogo con el staff hablando de alguien supuestamente acusado de darle “un amarillo”. En el diálogo todos se llaman “niño” y yo voy entrando en la lengua en este aprendizaje de idioma express.

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Salimos al paseo, el frío crece y la noche se cuela en el cemento. No sé qué hora es, no importa. Los artistas gastan horario propio y seguimos viviendo entre jarras de cerveza mientras comemos jamón gallego servido por un oriental con sonrisa. Nos sentamos cara a cara y hablamos de Madrid, villa y corta rellenada de Madriles. Parcelas aglutinadas que encajan a España en asimetría para dar un mosaico perfecto. El tiempo en el arte deja de existir y todo se hace un presente sin prisas “¿tienes hora, te ha llamado el sargento ya?” me pregunta atento. Nada, ni horas ni sargento. El gallego sirve a su clientela fiel de siglos y todos pedimos la penúltima, es decir, que todo empieza de nuevo.

Las calles ya están de euforia azul Van Gogh y el penúltimo acto nos trae la visita del amigo de antaño. Se abrazan y brindamos de pie. Desconecto para oír hablar a dos amigos que se reencuentran. Esto ya es cheli puro, expresiones, refranes, niño por aquí, amarillos por allá… me gustaría tomar nota pero para no dar el cante del paleto, memorizo. El amigo afable relata el mundo de los apodos, y ejempliza una colección de personajes bautizados desde la psicología de la síntesis en una palabra. Y todo son penúltimas y pinchos cuando se anima el camarero uniéndose a la tertulia.

De repente oímos bajarse a las persianas, gemido tristísimo del telón metálico que no admite vítores. Apuramos y el frío helador nos recibe a la boca del metro. Nos abrazamos todos como hermanos, niños, que tienen que volver a casa a la hora infinita. La vida ha sido generosa hoy.

La noche nos envuelve en una caja del recuerdo, como los soldados de plastilina, para esperar a la próxima. Y es que somos todos personajes en el mundo, lo intuíamos, pero el Rocha me lo ha enseñado en una jornada fundante. De camino a casa vuelvo sonriendo entre imágenes de sobredosis de vida vigilado por la expresión de los soldados guardianes.

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1 thought on “VERMUT DE LOS ARTISTAS

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