El Conde Ansúrez preside la plaza entre semana. Llego pronto, con calma, entre paseantes ociosos de la calle Santiago. Un carrusel de época me recibe en la llegada con caballos de madera y fantasmas de niños de postal sepia y gomina. Espero sentado en calma frente al ayuntamiento, ventilándome entre banderas al viento pensando que aquí es donde nos encontramos la primera vez. Era en otro mes, en otra vida. El motivo era una Quedada Mesetaria de tabla redonda con un grupo de héroes LD que se iban a convertir, sin saberlo en la Vieja Guardia de una época. Recuerdo que salí del bar donde se tomaba el aperitivo a esperarla, justo aquí. Mis recuerdos se fusionan cuando la veo llegar. Amago con levantarme pero espero un poco viéndola pasear. Estaba como hoy. Me suena el móvil con guasap diciendo «no te veo» y me levanto a por ella.

Desde entonces hasta ahora me parece que la conozco de tanto tiempo que la veo presente en todas mis vidas. Nos reconocimos en la poesía-en-prosa virtual donde, desde su atalaya, describía eso tan difícil como es «el misterio de lo cotidiano». La excursión del día a día, sin pretensiones rococó, es una actitud, pero hacer de la vida un viaje al sentido… es un don. La consideré inmediatamente la mejor escritora, la mía, desde su femenino singular. Ella nos hizo pensar, desde las salas de un hospital a la narración de la calle, dando brillo a eso que se llama vida.

Tras el abrazo intenso pensamos en círculo eternoretornista al son del carrusel y a la vista del Conde. Nos dirigimos al Lion d’Or. Café de espejos con piano mudo y camareros de uniforme que se camuflan entre la decoración blanca y barra con ribetes de oro. Mujer discreta de mostos, me tomo un café cortado para recontarnos la vida y milagros. La Mesetaria es maestra, habla en orden y sabe escuchar. Como lo sabe todo te puede hablar de las ventajas de la vitamina A y de la situación política, pasando por el análisis de la carta de San Pablo a Filemón o reflexionando sobre textos de d’Ors. Y todo con una humildad tan sobrada que incluso suena a soberbia refinada por imposible. Y todo esto sin retórica, muy de Castilla la Vieja, sin rodeos ni discursos al sol. Pan al pan y vino al vino. La conexión fue siempre así, tan inmediata como cierta.

Es pronto para comer y el único pincho que tenemos en la mesa no contiene tapas, sino gigas de fotos de nuestros viajes. Lo que no nos contamos, está en las imágenes y sobre la mesa descansan un mundo de Hurdes, Salamancas y Arcángeles. Nuestra memoria está así dividida entre la cabeza conceptual y el pincho onírico, pues funcionamos duales entre el presente y el pretérito perfecto encuadrado en fotogramas. La Mesetaria me corregía las fotos, allá antaño. La mandaba un power point desde Dublín y me lo devolvía lleno de flechas en esquema de perspectiva. No sólo pensaba que mi trabajo era bueno sino que me lo demostraba en cuadrantes razonados que yo ni me había imaginado nunca.

Hablar con ella, pues, es ser consciente de que mi pensamiento está totalmente  abierto a su sabiduría de castellana cuyas neuronas ven el alma en infrarrojos. Eso da mucha confianza si te confías a la persona. Es “mandona”, reconoce, e “hiperactiva”, subrayo yo. Un motor de activista cristiana-crítica mueve su cuerpecillo entre misiones, ayudas, organizaciones y batallas. Siempre en líos, esta chica.

El mosto es grande y no puede con él, mi café cortado se acabó hace rato. No necesitamos más, es un vermut ascético donde lo que se sube al alma es la conversación y los futuros planes. Salimos a la luz buscando la cigüeña de San Blas y no la vemos. Ya lo dice el refrán «por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieres, es que no ha venido». Volvemos por la Calle Santiago y me acuerdo de Cami, en esa despedida de la Quedada entre estatuas de Rodin. En la plaza nos damos un beso ante la estatua de don José Zorrilla bajo un sol neto que, al menos hoy, anuncia la primavera.

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