Conviene comenzar por el final, es decir, pensar el ideal de lo que uno se imagina. A partir de ahí y, desde las dificultades del momento presente, ir diseccionando dónde están los fallos, entenderlos y solucionarlos.

El objetivo es escribir concentrado la mayor cantidad de horas posible. Esto debe ser hecho de forma constante y con alegría. El problema radica en todas las fases: la primera y clave es sentarse a escribir, la segunda durar. Parece sencillo enunciarlo, lo es de hecho, pero más complejo es realmente hacerlo.

Comenzar a escribir: supone la parte crucial. La mente desarrolla todo su potencial inventando excusas que incitan a evitarlo. Desde quedarse paralizado en el lecho hasta recordar cosas pendientes por hacer, pasando por una seducción de actividades increíblemente creativas, imposibles e inútiles que lastran la voluntad de acomodarse en el trono del escritor, apareciendo como una silla de tortura al fondo del salón. Pero una vez superado, heroicamente, la tentación y haberse sentado frente al folio brillante, no han terminado las dificultades.

Hay que ponerse en situación, enfocar la historia a medio hacer o el artículo programado, y dar con la primera frase, puerta de entrada al día por donde debe ir llegando el resto del ejército de palabras. Si se consigue esto estamos en el buen camino, sin duda, e incluso puede albergarnos una cierta alegría que puede ser dañina. Pues entonces el genio maligno nos empuja a levantarnos para una cierta recompensa, tomar otro café, a nice cup of tea, abrir la ventana… De nuevo hay que estar alerta, resistir el enésimo impulso y seguir enganchado a la historia, quedarse dentro de la misma para no dejar desvalido al pensamiento o a los personajes.

Estos esfuerzos agotan, ciertamente, y hay que acudir a técnicas de carácter prusiano para dejar el culo pegado a la silla y minimizar el movimiento del mismo en lucha titánica que nos recuerda a los monjes shao li en su búsqueda de contemplación.

Escribir, como todo, es cuestión de resistencia y de cojones, cada vez lo tengo más claro. Es una doma personal de la bestia interior para que toda su supuesta genialidad – esa ilusión con la que el prepotente escritor, todos, se califica – no quede como siempre en alguna parte de la mente sin que vea la luz. Todo lo que no está en el folio, simplemente no está en ningún sitio, admitámoslo ya. Cierto que las ideas, las grandes ideas se aparecen en la vía sacra de la Vida, mayormente caminando y, sobre todo corriendo… o durmiendo. Las auténticas sinfonías de ideas entrelazadas aparecen siempre en la acción, creo que nos pasa a todos menos a gente rara como a Kant que, estaba en su estudio todo el día excepto para dar un paseo puntualísimo todos los días que aprovechaban sus vecinos para poner en marcha sus relojes. Pero es un caso raro, no creo que se le ocurriese al sujeto nada excitante en esa monotonía y su obra ahí está, con la virtud de haber trastornado la filosofía occidental para siempre. Para eso mejor Nietzsche, claro, que si no se movía el hombre es porque no podía, pero tras sus paseos a las montañas volvía a su pensión para automedicarse con literatura haciendo de la filosofía terapia hasta la locura.

Son casos extremos, claro, pero muy interesantes para lo que nos ocupa. Escribir es un placer inmenso y fácil cuando uno está cabreado, por ejemplo. Yo empecé muy joven, pero mi máxima productividad fue en la época de ZP cuando, al ver una declaración o hecho del energúmeno me tiraba directo al folio con agresividad casi erótica de violación en pasión fría, la más efectiva de las pasiones. Los artículos salían afilados de rabia, se escribía de prisa cómo si te hubieran dado un tortazo y, desde el dolor encarnado en rabia, hubiera que responder de forma veloz. Posiblemente faltarían comas y sobraran adjetivos, pero eso ya es un exceso de un estilo en bruto. Tenían música – de Wagner – y aristas de daga, que es lo suyo. También se escribe bien desde la ruptura amorosa, pues la desolación sobrepasa el pensar haciendo al escritor casi místico, narrando desde-fuera-de-si, ideal último del vivir.

Pero esos casos son extremos también. Lo chungo es escribir pensando y, tras horas de travesía en el desierto, encontrar la musa en forma de metáfora que arrastre todo el resto del trabajo. Y siempre llega, siempre, a veces antes, siempre después, pero llega. Estas notas simples son un ejemplo, en un martes blues donde la noche empezaba a devorarme, ha salido esto, de un tirón. No es muy allá, pero me quedo en paz, lo cual no es frecuente. Venga, vale, me voy a tomar un cafelín para celebrarlo.

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