ORTEGA LARA, UN PURASANGRE EJEMPLAR

Y como consejo final a los jóvenes, y a todos, aunque no tenga mucho que ver con la charla, quisiera recomendaros que donaseis sangre. Esta acción salva muchas vidas. Lo sé porque estoy muy metido en el mundo de los donantes. Gracias.

Suena otro aplauso de “finale” entre los muros del Casino de Madrid. Ante un lleno Salón Príncipe, José Antonio Ortega Lara sonríe tímido tras el micrófono. Es ésta una sonrisa de hombre bueno, como ha sido calificado el personaje en tantas ocasiones, sin ir más lejos, hace unos minutos por María San Gil, a su izquierda. Tras la introducción, le ha cedido la palabra con admiración y entusiasmo abriendo un nuevo ciclo de conferencias de la Fundación Villacisneros sobre el tema “El valor de la ejemplaridad”.

He llegado paseando por un otoño Madriles resplandeciente, con sol picado en Alcalá que prolonga las sombras de los paseantes hasta el infinito y deslumbra las vías luminosas. Casi sin darme cuenta, en mi ceguera de sol, llego al Casino, donde el impecable portero uniformado en gris pide acreditaciones con gorra de plato. Es una jornada importante, como nos avisaron por correo inscripción previa por la importancia del personaje. Con las prisas de la capital no llevo ni email impreso ni corbata. Saludo a Rocío, la encargada de la organización, y desaparezco levitando entre columnas del gran palacio. Tengo la tentación de pedir una corbata en recepción, me paro, pero me resisto al ver los colores tristes, por prestados, de las prendas que se están probando dos sujetos, quedándoles encima cortas.

Me escabullo entre saludos en el salón y espero. Van llegando rostros conocidos, habituales de Regina Otaola, Astarloa, Abascal, Vidal… mientras siguen ocupando butacas hombres anónimos que llegan apurados atándose el nudo de la corbata improvisada. Esperanza Aguirre con su aurea rubia llegaría al poco de empezar.

Yo no soy filósofo, ni filólogo… simplemente he tenido una mala experiencia pero… no voy a hablar de ella.

Ortega va modulando la voz según expone. Es su tema y ciertamente tiene muchos motivos para hablar de esa palabra porque está encarnada en su persona. Obviamente no lo dice, en su modestia de hombre normal con bigote y en el mejor sentido de la palabra, bueno. Comienza con un homenaje de reconocimiento a Vidal Abarca, en un primer aplauso que recoge su hija en las primeras filas, como un brindis dedicado a la faena que va a realizar.

La ejemplaridad, vocablo que recibe José Antonio en clave RAE, como “cualidad de ejemplar”. Desde esa entrada le da pie para extenderse entre capotazos de ejemplar cosmovisión en un paseo por la historia desde Grecia a la posmodernidad nihilista buscando entre ruinas a los arquetipos en cada época. Ortega Lara, fija así el campo donde quiere moverse, haciendo una declaración de intenciones sobre una visión completa de occidente. Sin embargo, lo sabíamos bien, nuestro maestro no se va a quedar ahí. El hombre que nos habla, que no está sometido a las limitaciones eruditas de la filosofía o filología no ha venido aquí para dar una disertación académica, por brillante que esta sea. Este hombre es más que un técnico y viene a hablar desde algo que está dentro de sí, que ha vivido y que le ha forjado durante una biografía en que una mala experiencia le ha hecho sobrevivirse a sí mismo en una cueva para salir virgen al exterior sin una mota de odio y espíritu lúcido: A mí me costó perdonar, pero lo hice y desde entonces soy feliz y libre, reconocía a María San Gil.

Y ahí está la genialidad e inicio formal de la faena. Desde ese panorama inicial de conceptos, Ortega va a los medios de la charla, y con la muleta de la experiencia encarnada desglosa en concreción de casos, más acá de los conceptos, lo que es y no es ejemplar. Y así, en redondo, dibuja verdades rotundas de no ejemplaridad abriendo el compás con un abanico que va desde el abandono de nuestros mayores en asilos con excusas varias, al genocidio matinal de las nuevas vidas abortadas por cláusula de no deseo. Este inicio se conjuga con otras muertes apellidadas hipócritamente como “dignas” por gente que nunca habla de la suya. La ejemplaridad así se hace real, en el Casino por alguien especialista en la Realidad. No es ejemplar, continúa Ortega, una infancia educada por el Estado, torpemente delegada por unas familias que desatienden los mejores años de sus hijos. Ni tampoco la basura mediática que inspiran muchos medios, mostrando sujetos nada ejemplares. Los aplausos se suceden y estallan por el recuerdo – por fin, la única persona que parece que recuerda – de aquellos misioneros que se dejan la vida en mundos rotos y aquí, en su casa, los compatriotas ponen pegas a sus traslados al hogar para curarlos mientras lloran por un perro.

En esa lista abierta y radical se nos ha aparece el protagonista en esplendor. Miro a mi alrededor viendo aplaudir al público emocionado con sus flamantes corbatas de Casino, que incluso me parecen que les quedan más alegres y largas por la euforia. Necesitamos a hombres que hablan de la verdad en concreto, concluyo aplaudiendo. Las verdades mayores que se han dicho en la historia fueron en lenguaje concreto de evangelio, buenas noticias, no más abstracciones. Cambia de mano la muleta nuestro maestros y esboza la otra cara del toro en casos de gran ejemplaridad desde aquellas vidas sencillas de gente con vocación de sacrificio, ejemplificada en los mártires del terrorismo, las fuerzas de seguridad, los abuelos que dan amor y experiencia, estos deportistas que representan a pueblos, nuestros jóvenes que deben emigrar para buscar la vida para ellos y sus familias, los emprendedores que crean prosperidad…

Entre esas dos tandas de ejemplaridad, vemos subliminalmente dónde está la clave, la diferencia. Nos lo ha dicho sin vocalizarlo en última sabiduría: en eso llamado Trascendencia. Claro. Frente al hombre ensimismado, sin horizontes que se desarrolla hacia la nada en su ceguera espiral egoísta, Ortega aboga por el hombre-hacia-afuera. El Hombre mayúsculo que se desarrolla hacia su libertad de la única forma que sabe, viviendo para el otro o dando testimonio, eso es un mártir, desde las acciones de una vida.

Este es el terreno que pisa fuerte Ortega Lara, desde la actitud incontestable que hace eco diario de los hechos de una vida de resurrección.

Salimos al salón anexo mientras se sirven bebidas. Desde mi vino le veo venir, tan normal, como si nada. El personal se divide entre bandejas diversas de canapés mientras observo las lámparas asimilando las palabras. Me despido de Abascal, hasta Barcelona, y en mi camino de otoño a Sol veo un autobús frente al reloj reclamando donaciones de sangre. Eso es el resumen exacto y la metáfora de la charla de un héroe: la acción de la verdad de lo concreto. Me arremango el brazo y mirando por la ventanilla, para evitar marearme ante la visión de la sangre, pienso en la grandeza anónima y mártir de los pocos que saben qué es eso de la ejemplaridad.

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