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Fieles y tradicionales, nos llega el final de agosto con fecha sacra de renovar recuerdos. El álbum se revela por la vega del Carrión hasta una Saldaña máter, que recibe a sus Quintos bajo un sol de infancia.

Hace décadas, en otra España, era clásico ver en las paredes de cada pueblo pintadas vitoreando a los Quintos de cada añada. Era este evento uno de los últimos testimonios de las uniones naturales que se daban en la piel de Toro. Desde las aldeas de España se festejaba así la mayoría de edad de sus retoños, la iniciación al mundo en rito de fiesta hacia la madurez y que, en los hombres, pasaba por ese trance mítico y tan criticado llamado «mili».

Hoy en Saldaña la ocasión es especial, no es un año más sino que se conmemora un aniversario: medio siglo de los Quintos del 65. Medida del tiempo que parece que no es nada… y es mucho. Cifra amplificada por un mundo acelerado hacia el mito del progreso donde cada década nace caducada. Las celebraciones naturales, las que unen el cordón umbilical desde la raíz de la tierra al tiempo, suponen un desafío a esta sociedad moderna con su mátrix de uniones artificiales que nacen ya caducas de camaraderías forzadas con vocación de moda hacia lo finito.

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Nos espera un sol en la vega con colores de oro viejo. La inmortalidad nos bendice en el templo con la Virgen del Valle, en frescura permanente de la piedra, mientras saludamos en claro oscuro a las caras conocidas. Vemos enseguida, como un soplo al corazón que nos falta gente, y se confirma desde el púlpito con su recuerdo. Del corazón al cielo, entre el altar y Castilla rezamos por las pérdidas, siempre inasumibles, de los nuestros. Tras la emoción, acunada en oraciones milenarias, vocalizamos a la salida la pena y la sorpresas, mientras la vida nos abraza en paseo al otro templo interior de las tabernas.

Castilla, Palencia, Saldaña en permanente no pasa. No cambia en sus paseos de escudos, columnas de soportales y casas torcidas, aguantando el tirón del progreso y las ausencias. El grupo confraterniza con el jugo de la tierra, suenan las copas, sonriéndonos los rostros, viéndonos crecer. Se come, brinda y recuerda entre una Comunión de Santos donde residen todos ad aeternum, corazón y memoria, cosecha de hombres y mujeres que encarnan en cada arruga y sonrisa el espíritu de un pueblo. Una tarta rubrica con homenaje y armas dejándose sangrar por un espadón medieval que dicta una boda de hermandad. Porta el metal una pareja que representa todo el firmamento de un año: el más veterano y la más joven. Se abre el dulce en el mesón y con él se rubrica la Fiesta pura, copas a lo alto y saludo compartido al firmamento para recordar el espíritu de las Tierras Eternas con alma.

In Memoriam a los que esperan en el firmamento forjando los Quintos in Excelsis.

 

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