Todo empezó la medianoche de un viernes. Al caer Serrano, Rosa Diez y los suyos prometían esfuerzo antes de pegar esperanza magenta frente a la Puerta de Alcalá. Era el final de un día tórrido de bochornazo donde nos recibía, esa noche inaugural, una brisa fresca generada en Cibeles erizándonos la espina dorsal. Era la famosa «brisa del cambio» aunque, mis ingenuos amigos, no lo sabían todavía tan afanados en su fiesta.

Dormimos ese finde con dos mantas, esperando el lunes arropados, mientras el vientecillo rodeaba con sigilo el Barrio de Salamanca. Tan descansados, nos acostumbramos a amanecer bajo un sol empapelado de sujetos feos con sonrisas falsas, mientras llovían octavillas hacia los parabrisas. Tras los quehaceres, paseaba al atardecer por los parques, convertidos en alegres selvas asamblearias de muchos colores donde predominaba el morado y verde, como un uniforme de colegio inglés.

Entre asamblea y asamblea, de Tirso de Molina a Ventas pasando por Lavapiés decidimos cambiar de tercio para pasear a son de VOX y sellar, nunca tan cierto, una trilogía de conversaciones que serán testimonio de un esfuerzo tan noble como improvisado. Tras las primeras tres preguntas de esta última entrega, ya imaginamos el final y, para mantener la tensión, hubo que mover la conversación hacia lo alto, esa invisibilidad de una España gone with the wind. Porque el viento, puntual, nos despidió melancólico y puntual para despejar memorias, barrer la Historia y abrir balcones a la utopía.

Pasaron los días a intervalo de bochorno y amagos de catarro, y el vientecillo se fue envalentonando por los partes meteorológicos descubriéndose contaminado y resabiado, calentando debates de hastío en tardes de sobredosis de fútbol y nada. Y es que, los personajes de los carteles, bajaron de sus alturas para encarnarse en la virtualidad y disipar dudas, confirmando la realidad de la impresión que daban las fotos.

Como cada vez va todo más rápido llegó, como sin querer, la hora santa en los viernes de la verdad. Los cierres de festival yo ya los hago siempre vestido de morado y al aire libre, en esa tierra más acá de las encuestas desde que aprendí, parece ya hace siglos de eso, que la respuesta está en el aire. Lo entendí cuando frecuenté por vez primera el gran finale de los chicos púrpura en las europeas. Estos «rojos-asamblearios-que-no-van-a-sacar-nada» como me dijo una querida amiga bella e inútil meneando coqueta su melena platino. Esa tarde, bajo tribunas eléctricas, yo mandaba sms a mi conciencia rubia diciendo «van a sacar 5». Era entonces en el Reina Sofía, en otro viernes eternoretonista, como éste, en explanada triunfal donde se llega siguiendo globos pesados, como cadenas púrpuras que rodeaban un Palacio Real que temblaba allá a lo lejos. El viento volaba libre en la explanada jugando con los niños, tirando discursos y despeinando melenas canas de mujeres sin maquillaje, extendiendo una fragancia de hierbas que relajan, dilatando la revolución en las poesías. Escribí de nuevo a la rubia un «van a ganar» al tiempo que se aparecía mi querido profeta Strelnikov, como en el Ritz, pero con camiseta de Noviembre. En pleno simbolismo un anónimo con acento extremeño sube a hablarnos de Pentecostés ese “tiempo de cosecha” en Madrid, punta de lanza de la España a conquistar.

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Ya el viento se hace volandas de subidón en esta teología sin dioses y la corriente se hace espiral inmanente de la que escapo dirección al viaducto, puente de lucidez donde me paro a respirar y empezar la reflexión. La espiral embaucadora pasa a una corriente vertical que me endereza uniendo el orden de los astros y el ocaso. En esa medida, antes de constiparme, me salvan a mi izquierda lamentos prematuros de sirenas romanís. Un coro llora entre los árboles oscuros de Las Vistillas la nostalgia de la vieja izquierda mientras todos nos secamos lágrimas como garbanzos entre banderas PCE, llenas de ojeras y versos. Es la otra cara de un corazón púrpura, los dos mundos zurdos que, a escasos metros, separa el viaducto de una España que hace cola hacia el ocaso.

Secas ya las lágrimas por el aire colorado continúo reflexionando bajo el Tío Pepe, dios madriles, acompañando una caravana azul de furgones y helicópteros que ignoran a africanos con licencia top-manta, y sonrientes despedidas de solteras coronadas con falos en sus cabezas tibias.

Y de reflexión en reflexión, mesón a mesón, foto a foto, folio a folio, llega en lenguas de fuego un Pentecostés anunciado, madrugador, en sol de domingo de voto improvisado en colegio y confesión inmediata sin posible absolución en la iglesia de la Concepción. Vermout entre rancheras de corazón roto abriendo una tarde de domingo con transistores recalentados de sondeos y ascensos imposibles a primera, empates técnicos, perdidas de poder que explotan en irrupción de adrenalina. La utopía se vuelve a levantar en las últimas horas en un huracán que nos arrastra de nuevo al lugar del crimen donde rugen teles triunfalistas hasta, agotadas de victoria, dejar una pausa de música italiana de volare oh oh, cantare oh oh oh oh, por fin el himno del viento donde una diosa tatuada y con pupilas llenas de ideología y ansia me saca a bailar un lento entre aromas de hierbas y puños como lanzas.

Pero el lento se acelera en un chotis que nos lleva rodando en círculo flipado hacia la Cuesta de Moyano donde, las cifras ya gritando, comienza una conga entre casetas de libro sepias. Allí una jueza soviet vestida de señorita Marple dicta sentencias sobre el futuro bajo la sonriente luz de una media luna que espera paciente mientras anhela arrancar el aspa a un helicóptero azul que vigila nuestra ruina.

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1 thought on “MADRID: PENTECOSTÉS Y COSECHA ELECTORAL

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