Para A.B.

La Bogotana tenía una belleza simétrica de cara guapa, perfil renacentista y modales de reina. Se definía como criolla, nos conocimos en Bristol y durante todo el tiempo que duró nuestro amor nos tratamos de usted:

Usted tiene que leerme a Gabriel con su acento bronco de español bravo.

Y se lo leía, claro, matizando que en Castilla no tenemos acento. Comenzamos por «El Coronel no tiene quien le escriba» y mientras las islas portaban lluvias y nieblas a través de la gran ventana semicircular, la habitación se llenaba de imágenes caribeñas pronunciadas con acento de la metrópoli.

Ella me miraba con asombro misterioso.

-Me parece estar escuchando otro libro que cuando lo leí en Colombia.

Le hacía gracia mi acento, y a mí me encantaba su retórica y cómo pronunciaba las comas en su discurso. Era una mujer de pausas, de silencios calculados con su sonrisa de niña bien educada y triste. En su dialéctica sonaban ecos del siglo de oro, ya tan desaparecidos en una tierra madre que destrozaba la lengua por posmodernos planes de estudio.

La Bogotana me escuchaba desde sus ojos fijos y su rostro portaba un halo de misterio generado por tres fuentes: su belleza sin arrugas, los modales de su padre embajador y demasiado tiempo en Inglaterra. Estas características no dejaban paso a la espontaneidad y todo pululaba entre el refinamiento social, la erudición y la pasión íntima, ocultando la corriente de comunicación-sentimental-vocalizada (la clave del amor) que yo conseguía abrir de cuando en cuando.

– Gracias, me sacó otro tapón del alma, no sé como lo hace.

Con paciencia, provocando y gestionando, claro. Como siempre, como hago con todo. Nuestro gran ámbito de comunicación residía entre metáforas compartidas con la bohemia de Gloucester Rd, un rebaño cultísimo y ácrata de ovejas negras que se escaparon de familias blancas. Como ella, como yo. Los ingleses no entendían bien que era eso del «magic realism», y repetían que era una forma de fantasía. Yo insistía entre pinta y pinta que era una redundancia ya que la realidad o es mágica o no lo es. El realismo sin su carácter mágico es simplemente no entender la Realidad con mayúscula, matarla con escritura notarial reduccionista de sujeto, predicado y verbo y pretender que se explica algo mientras se destroza el misterio por ineptitud.

Los anglos asentían a la luz de las velas pero pensaban que los Cien años era literatura fantástica de latinos surrealistas y locos. García Márquez lo explicó mejor diciendo que «si ustedes hubieran nacido en el Caribe, sabrían que todo lo que escribo es así».

Y era cierto. Pero no solo en el Caribe, sino en Gloucester Rd en cualquier punto de esas vías torcidas uno alternaba con personajes sacados de un purgatorio prematuro y que sólo el describir a uno daría para varios relatos increíbles por demasiado ciertos. Mayormente los que yo tenía enfrente cada día a partir de media tarde.

Y fue así como acordé con la Bogotana empezar a relatar a dos manos ese Macondo british que nos había acogido. Paseábamos efervescentes por la ciudad mojada entre abrazotes tremendos y libretas, relatando el presente absoluto de nuestra aventura. Nos inventamos así a cada verso, bajo la mirada atónita de los aborígenes pálidos de un lugar donde las manifestaciones cariñosas están vetadas a un metro de distancia.

Escribimos mucho hasta que un día, en esos arrebatos biográficos que me dan de madrugada, decidí cambiarme de isla «que al fin y al cabo está a media hora de distancia», explicaba yo. La Bogotana no dijo nada, me miró mas enigmática que nunca y en las siguientes jornadas me ayudó a hacer las maletas tras jurarnos amor eterno y terminar nuestra novela. Me fui una mañana de sol existencialista con exceso de equipaje y me acompañó al aeropuerto. Nos miramos y se inauguró un silencio de sms hasta que un buen día en que estaba yo con mis padres en mi nuevo palacio me llamó por teléfono llorando en clave expresionista para decirme que se acabó, que no aguantaba más, llena de celos y deprimida por la soledad.

Nos gritamos en una discusión elegantísima manteniendo el usted y rompimos.

Salí a la terraza rabioso con un puñado de folios. Los rompí a conciencia como se quema una parte de la vida. Los tiré a mi mar irlandés que me iría a acoger cada día los siguientes años y nos fuimos toda la familia al pub para celebrarlo, con esa actitud mía de recrearme en todas las tragedias.

Y fue así como Macondo se quedó entre Gloucester Rd, mi corazón y el mar irlandés y yo decidí que no tenía más opción que reinventarme como un Ulises ibérico en Dublín.

1 thought on “CUANDO MACONDO ERA BRISTOL

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