El ventanal del castillo muestra un infinito de colores pardos en día de niebla haciendo de la realidad una gran naranja envuelta en papel de plata. Hace frío ahí fuera, pero es el momento.
Apenas está amaneciendo y todo es un eternoretornismo de la nostalgia cuando el gorro azul se cae del armario.

1 VIDA ANTES EN UNA ISLA

Me pongo el gorro, el chándal, los guantes y los playeros que me compré en España. Salgo por mi ventanal hacia el jardín, abro la verja y oigo a los barcos de la marina darme la salida con sus campanillas.

Es ya de noche cerrada, las seis de la tarde. Pongo el cronómetro a cero y troto lento en dirección hacia el pueblo. Las algas me saludan con su olor verde oscuro de humedad y yeso mientras voy acompasando el ritmo.

La carretera lleva al faro y este señala hacia el infinito. Comienza a llover un poco. Necesito quince minutos para irme haciendo con las riendas del cuerpo, el tiempo justo para llegar a la última luz artificial. Una vez allí el camino se estrecha y se separa del mundo cuando dejo la carretera y me voy directamente hacia la playa.

La luz desaparece y me cuesta habituar la vista a la oscuridad. Se pisa blanduzco en la arena mientras los coros del mar, compuestos por náufragos y mujeres soñadas, rugen a mi izquierda animando mi carrera. La vista se va acoplando a la iluminación celestial, y el sudor a la lluvia.

Cuesta encontrar el ritmo. Se trata de acompasar la música de las esferas a la respiración y el ruido de la zancada chapoteada con los alaridos del mar. Si se hace bien se producen dos efectos curiosos. El primero es que el rugido de un avión espontáneo encuentra su sitio en el armazón musical creado, es decir que no desentona. El segundo es que los pensamientos, muy rabiosos apenas unos minutos antes, se destilan en verso amable pariendo imágenes de ilusión épica.

Todo esto se produce ante la atenta observación de la eternidad parda y húmeda.

Siempre me acuerdo de las jornadas previas al maratón, sobre todo aquel día en que mi obsesión me llevó a correr dos horas y media para convencerme que podía afrontar con garantías la tortura. Así se construye la confianza. Aquel día llovía tan fuerte que no podía ver nada, corría por pura intuición y con cuidado de no caerme por el viento. Aquel día las esferas no cantaban. Solo había un coro interior de números, distancias, y cálculos que las enmudecían. Era ensordecedor.

A veces puedo ver a mi derecha el perfil de las montañas seduciendo a un cielo rojo. Pero para ver eso hay que salir un poquito antes y sin lluvia.

A veces, incluso, puedo matizar el color de las sombras que me encuentro en el camino. Esas otras sombras humanas y caninas que deambulan solas como ánimas de un purgatorio. La playa nocturna nos da la imagen de una eternidad inquieta que hay que atravesar corriendo, controlando el tiempo y aguantando la soledad y el frío a partir de auparse en el esfuerzo.

Pero todas estas cosas no son tan evidentes, ni siempre se consigue coger el ritmo, no nos engañemos. Con haber conseguido provocar la erección del sistema nervioso, para que siga alerta, ambicione y despierte la mente del guerrero, vale.

El cronómetro dice 30:00 y si él lo dice por algo será. Doy la vuelta a la eternidad y trato de volver a los barcos de mi marina siguiendo la intuición de las campanillas a lo lejos. Si el viento fue frontal en la ida, ahora de vuelta me empujará en silencio, en silencio absoluto.

Los pensamientos se acomodan, se racionalizan en prosa y las conclusiones van dejándose ver mientras aspiran de nuevo el verde intenso de las algas. El pueblo aparece de nuevo entre la noche y las campanillas dan la bienvenida.

Respiro hondo, alterado y alegre, como los potros de rabia y miel.

Hago los estiramientos con mucha clama al lado de la chimenea mientras pienso que película que voy a ver esta noche.

COMIENZA LA OPERACIÓN SAN SILVESTRE

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