Despedimos este 15 de Octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, que da comienzo a las celebraciones de los 5 siglos que gozó el mundo de la presencia de Teresa. Tiempo tendremos en profundizar en este tiempo de luz interior, en un siglo donde el cristiano «será místico o no será«. Pero así, a modo de introducción, me atrevo a compartir con los amigos, un primer caminar por las huellas del camino de piedra en el alma de Castilla, relatando veloz, en breve, a vuelapluma, esbozos de un fin de semana largo, excursión entre hermanos, que nos llevó por los alrededores del mundo terrenal de la Santa.

Lo llamamos La Ruta Mística y lo siguiente es un extracto mínimo del fotodiario.

… llegamos a una avenida larga de rotondas, pisos disponibles e industria parada y ralentizamos buscando el primer rasgo de eternidad cuando, en el perfil de nuestra mente, se va dibujando una muralla…

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Ponemos ticket y avanzamos. El sonido de la provincia va domesticando nuestros nervios madriles, tan llenos de agendas y proyectos. Nos recibe el Humilladero, haciendo frontera entre mundos, lugar de entrada en otra época.

El pavimento se estiliza en paseo para mostrar la Basílica de San Vicente, en color pardo de piedra al atardecer de un otoño caliente. Cenotafio central, policromado monumento a Vicente, Sabina y Cristeta. Nos santiguamos bajo un arco románico y un desfile de figuras hace didáctica de la Redención. Lo encabeza el Pantocrátor que observa una Rosa Juradera – en aquellos tiempos en que el juramento tenía resonancias en la eternidad al poner por testigo a los dos mundos – . Pétalos de símbolo que une, antes de que el diávolo moderno, patriarca de la desunión, rompa la alianza y nos quede autistas para que los templos se hagan museos y el hombre, carne, sentimiento y nada. Me observan las figuras curiosas y sagradas, hipnóticas y así en trance bajo a la gruta, entraña-de-entraña para ver a la Virgen de la Soterraña.

Salimos ya con percepción de lo eterno. El viaje ha cambiado en horas, nos cambia, caminamos ligeros sobre la piedra y las pisadas se deslizan por la huella de los antiguos que ya nos llevan. La ruta supone dejarnos llevar por quienes la han abierto antes, siguiendo las huellas de la mujer que tanto habrán pisado este mundo hosco hasta pulirlo de santidad.

Tomamos un café encarando una Catedral que nos espera con sus puertas abiertas. En el claustro aparece un cuadro completo y perfecto de la Historia de la Salvación, que enmarca, a su vez, a la intrahistoria temporal, tumba de héroe de la tierra con su errata de Expresidente, su señora al lado. Cuatro evangelistas al fondo custodian el milagro expresivo del Tostado, expresión hoy irrealizable que va más allá de este mundo. Anochece y la calle se está haciendo hogar, la piedra cobijo. Tras pasar el arco, en frente de la oficina de información encontramos aposento, acogedor, limpio, céntrico. Habitación en el primer piso con vistas a la catedral y a la calle estrecha. Salimos a caminar en el crepúsculo, camino adelante, espiral de palacios y conventos, con guiris sin prisa.

El tiempo no existe, dicen los místicos herejes y ortodoxos – en eso coinciden – y la piedra obsesiva conserva en sí un tiempo eterno que destila la prisa propia de lo permanente. Un pueblo aristocrático se deja acariciar por una prórroga santa de sol que se despide en el parador donde bebemos vino tras buscar a camareros invisibles. Hablamos de Francisco y el futuro de la familia mientras se nos frunce el ceño, sin duda por el vino.

 Paseamos hacia el centro en calles místicas y todo ya es un castillo interior. Una esquina alberga dos terrazas y comemos morcilla. Está la noche desangelada y nos sentamos fuera para escuchar trompetas de ensayo que preludian Pascua. De camino hacia un Tostado laico, otro, esta vez restaurante sublime que vimos de camino, dentro de un palacio.

En la calle ya es Medievo, la música de pasión paró y se oyen nuevos acordes anacrónicos que recuerdan a la música de la movida en una fiesta de pueblo, «malos tiempos para la lírica», recitan los gachós, es cierto, asentimos.

Y sin darnos cuenta amanece un día con el sol de membrillo. Desayunamos y paseamos en un viernes solitario hablando de concilios, sínodos y demás catástrofes por llegar.

Será una mañana conventual y comenzamos visitando a los dominicos para poner flores al sepulcro del infante Don Juan, príncipe de las Españas, aunque no a sus restos, ya que el santo lugar fue profanado duramente por los hijos de la fraternité, igualité y sus respectivas madres.

Tras la pesada puerta llegamos al primero de los tres claustros: el Noviciado sin ornamento, desnudo con un ciprés místico, pasamos al del Silencio donde se enterraban a los frailes, campo verde con escudos y ornamento de medias perlas isabelinas que nos lleva a la perfección del de Los Reyes. Entre este equilibrio perfecto aparece la desagradable sorpresa de la intromisión absurda de la modernidad con palabras pegadas en folios que se suponen quieren hacer poesía posmoderna grabada en los escalones. Terrible error de la prepotencia del hombre que le da por dar el cante en un entorno ya perfecto en el que el orar es suficiente. Lo ignoramos con celeridad y desprecio para encontrarnos, gracias al cielo, con una mujer planchando en la sacristía y otra restaurando un Cristo. Concluimos que el Catolicismo está hoy, como siempre claro, custodiado por mujeres.

Hablando de mujeres, recordamos nuestra cita con la Santa al monasterio de San José que nos ilustran capítulos de la vida de Teresa, rezamos en la iglesia ante la reja donde levitaba en comunión – reja del castillo dentro del castillo – Nos dice la enérgica madre que si queremos ir a la Encarnación que nos demos prisa que cierran. Nos alzamos espirituales y veloces dejando atrás las murallas y nos presentamos con las yugulares rojas y una sonrisa pálida diez minutos antes de cerrar. Tras el sillón de Woytila Nos espera San José Parlero y la silla del mediofraile y el mas gigantesco poeta en castellano de todos los tiempos. Salimos a la gran plaza tras esta mañana intensa y monacal y comemos algo ligero para continuar el viaje: elijo patatas con torreznos, chuletón y jarra de buen tinto que compensan el exceso espiritual. Hay que seguir y debemos una visita a San Juan perdiéndonos en un Fontiveros sin señales ni indicaciones donde el personal juega al mus en un bar para pensionistas dejando a la iglesia cerrada a cal y canto.

Un aislado centro que pone ‘llama de amor viva’ está cerrado y convenimos que es más que necesario una puesta a punto para el año que viene. Nubes de otoño multidimensionales nos guían hacia Alba de Tormes, donde buscamos aposento a las afueras y nos dirigimos a la iglesia donde un par de animas errantes con mochila esperan la caridad de dos mujeres que les invitan a cenar. Convienen con el pater que estos dos chavalotes, que son buenos chicos caramba, vendrán a misa a las 8.30. La caridad de antaño sorprende a los perroflautas, que tienen pinta de belgas o algo así, pero que están de acuerdo en todo.

 

Entramos y, desde el fondo, voces angelicales nos reciben cantando en sacro, mientras a nuestro frente la Santa se muestra incorrupta. El museo está muy cuidado, lleno capuchinos del otro lado del hemisferio y se retratan entre la estética contrareformista y los autógrafos de la Santa. A la salida compramos rosarios, yemas y pastas en la tienda de al lado. Es ya tarde, se impone un paseo hacia la basílica, inacabada ad aeternum, y la imponente imagenen de Teresa contrasta con la lamentable de Juan Pablo II que, una vez mas, no es bien reflejado. El pueblo se desaloja al anochecer y buscamos desesperados a la orilla del Tormes un lugar donde comemos en exceso conversando entre la alta teología y el bajo mundo. Entre el cielo y el Tormes nos ponemos ciegos a viandas y buen vino y pagamos, con sorpresa tras pedir otra de queso, una cantidad mínima. Convenimos que, con creer el Credo ya vale, que el resto es discutible y caminamos hacia el formidable castillo de “nosotros los Alba” mientras una luna fabulosa resume el viaje. Mañana hay que madrugar…

5 thoughts on “TERESA DE ÁVILA, LA RUTA MÍSTICA

  1. Veisme aquí, mi dulce Amor,
    Amor dulce, veisme aquí.
    ¿Qué mandáis hacer de mi?
    Veis aquí mi corazón.

    Yo le pongo en vuestra palma
    mi cuerpo, mi vida y alma,
    mis entrañas y afición;
    dulce Esposo y redención,
    pues por vuestra me ofrecí.
    ¿Qué mandáis hacer de mí?

    Dadme muerte, dadme vida:
    dad salud o enfermedad,
    honra o deshonra me dad,
    dadme guerra o paz cumplida,
    flaqueza o fuerza a mi vida,
    que a todo diré que sí.
    ¿Qué queréis hacer de mí?

    Dadme riqueza o pobreza,
    dad consuelo o desconsuelo,
    dadme alegría o tristeza,
    dadme infierno o dadme cielo,
    vida, dulce, sol sin velo,
    pues del todo me rendí.
    ¿Qué mandáis hacer de mí?

    Si queréis, dadme oración,
    si no, dadme sequedad,
    si abundancia y devoción,
    y si no esterilidad,
    soberana Majestad,
    sólo hallo paz aquí.
    ¿Qué mandáis hacer de mí?

    Si queréis que esté holgando,
    quiero por amor holgar,
    si me mandáis trabajar,
    morir quiero trabajando. Amén.

  2. Magnìfico relato de un bien aprovechado viaje por la tierra que vio nacer a mi madre, por lo que me resulta muy familiar. Es una mezcla perfecta de cultura, historia y buen yantar. Excelente.

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