A la entrada del cementerio dublinés de Glasnevin, en uno de los muros formidables que custodian el simbólico lugar, se puede leer una placa dedicada a los vigilantes nocturnos que protegían el santo lugar de criminales especializados en robar los cuerpos para posterior venta a estudiantes de anatomía.

A dichos sujetos se les califica en el letrero como ‘Resurrectionists’.

Me llamó la atención la palabra: entrecomillada, con la erre mayúscula e intuida ya con la ironía que gastan los isleños.

No me costaba imaginar la escena expresionista en frío y sombras con dichos profesionales de la resurrección cuando, tras apurar unas pintas en el “Sean Kavanaghs” -también llamado Gravediggers entre los que lo solíamos frecuentar- saltarían las tapias del lugar sagrado y entre el fango y un silencio roto a paladas y toses bronquíticas se ocuparían diestramente de violar la tierra para extirpar su semilla todavía caliente de una carne almada o alma encarnada. Posiblemente sin más propósito que recibir unas monedas para licores de los últimos clientes del proceso que esperarían en sus casas con manos limpias recibir el fruto.

Los “resurreccionistas” se irían con la labor cumplida en el medio de la noche dejando la tierra con cicatrices de cesárea inversa, malhiriendo la historia en un sacrilegio cotidiano sin adornos modernistas. Se irían como cumpliendo un trabajo, una función, una tarea sin más preocupación en la conciencia que alguna eventual superstición.

Pensaba en mi paseo que hoy en España mucho de esto hay. De otra manera, claro. El respeto a los muertos y al pasado que estos han creado -llamado Historia- se manipula al antojo de los prohombres del presente cortoplacista.

Si por un lado, a los muertos recientes se les ignora con paladas de olvido -como se denunciaba en la manifestación de las Víctimas el pasado fin de semana- a otros conviene sacarlos cada poco tiempo, sin ningún respeto, forjados y deformados desde esas armas peligrosas y falsas de la ideología y el interés.

Así vemos el lamentable espectáculo de remover la historia en el fango de las ideas y el rencor para hacer un lodazal de «memorias» que hay que aprender por ley.

Este tipo de prácticas no se diferencia de aquellos miserables que robaban cadáveres a su antojo para manipularlos en salas de operaciones. Son “resurreccionistas ideológicos” que mientras hoy quieren exhumar a unos -o a uno- para distraer problemas, mañana ignoran a los inocentes que han caído por terrorismo o directamente anulan la personalidad a otros -como las víctimas del aborto- por ejemplo…

Me perdía en estas divagaciones en mi caminar mientras hacía fotografías tratando de entender entre el contraluz el perfil dramático de la belleza helada de ángeles verticales, de la fiereza segura de los arcángeles, del dolor fémina de las piedades, del sufrimiento sereno de los cristos anglos y de las lápidas ya más modernas con formas de corazón y frases tiernas y sentidas.

Y pensaba entre plegarias y clicks de mi cámara, envuelto entre la sinfonía mística de astros quietos, que todo lo que estaba viendo mi cámara, intentando reflejar entre requiebros de luz no era más que un jardín de piedra brotado del dolor, de la lágrima y del misterio en rito. Que la semilla ardiente de la vida hecha se destilaba ante mí en un campo efervescente de cruces celtas y arte erecto hacia un cielo difícil color esperanza.

Me invadió el tremendo respeto a la muerte, la revelación de nuestra vocación última de memoria y tierra en el cuidado y delicadeza de esta antesala a la Vida.
Salí del cementerio con el alma en paz y ciento doce fotos. Al girar por el panteón principal y saludar a la vendedora de ramos no pude evitar dar las gracias a todos los vigilantes nocturnos (y diurnos) que, en diferentes puestos,siguen velando para impedir que los ‘resurreccionistas’ -que no creen en Resurrección alguna- se dediquen a seguir haciendo de la Historia negocio y de la Muerte, mofa.

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