Entre las esquinas doradas del calor de Agosto se ha recibido la visita de un ángel moribundo en España. Ha llegado con las alas llagadas de la pobreza de los continentes malditos. Se le ha recibido a pedradas o en silencio y ha muerto en la soledad de un hospital con espacio de panteón ante el rictus hipócrita de sus paisanos.


Simultáneamente, un mito querido del más-acá, asciende al Olimpo desde la depresión de la soledad on-the-rocks. Desde esa enfermedad del primer mundo que definen nuestro gran vacío aunque se maquille por sonrisas de celuloide. Para evitar la pérdida del mito en el cosmos, le acompaña una rubia fatal y hermosa que ha salido urgente en su búsqueda y llegar los dos, finalmente, a la sala vip de las pantallas celestes.


Mientras tanto, entre ambas formas de desaparecer – desde la plaga física del sur del planeta a la mental de nuestro espacio – las lunas siguen observando efervescentes mientras ocultan llantos de Santos en el firmamento. Llantos por los mártires invisibles que caen aquí abajo entre torturas – la forma más sofisticada de desaparecer – y que no interesan ni a las naciones unidas ni a los pueblos fragmentados.


No hemos llegado ni a la mitad del Gran Mes y, con este pequeño esbozo de grandes formas de sucumbir, ya tenemos información para entender, un poquito mejor, esos renglones sacros que desvelan las neuronas divinas según San Juan entre estrellas y dragones.

Pero eso será dentro de dos días, y a muchos les pasará inadvertido aunque visiten los templos, ya que serán interrumpidos por el sonido de una legión de intrusos que, solo una vez en el año, llegan a dejarse ver a la aldea para obviar lo sacro y hacer performance.

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