Explotó por fin la luna de domingo para ocultar llantos de San Lorenzo iluminando lagos. En un Sunday Blues especial donde me he retirado a las colinas para estar más cerca de astros que guían la memoria hacia noches como hoy, donde se iluminaban mares enteros.


Vi crecer esta luna entre semana. Fue en medio de una verbena, en esa media luz de ilusión y la fiesta alegre de rugimiento de bares sirviendo caracoles y cañas.

Fue el día en que saludamos a Cayetano al estilo Madriles, tuteándonos con las alturas, cuando pasamos a decir hola orando y tocándole unos zapatos que se desgastan de invocaciones.

Al salir, la Pavera me miraba insolente para soltar una risotada y guiarme junto a sus pavos, al fondo de la cola de la limonada. No fui, claro, porque soy impaciente en las esperas y prefiero retratar al personal refrescándose.



Desde la Latina se abría así, y cerraba, un mundo en extinción de concierto y casetas de feria, tiro al palillo, premio y perro piloto. Calles emboscadas, estrechas y santas,  perendiculadas por otra engalanada de guirnaldas y fotos del Madrid inmortal, o sea, en blanco y negro, la conglomeración de los colores que sintetizan lo eterno.

Agosto desaloja Madrid en llamas. Nos salvan de la muerte verbenas y lunas fusionadas que explican las antiguas vías que llevan a la gloria y al sentir.

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