Hace unos años, ABC ofrecía con su entrega dominical un conjunto de libros sobre la historia de España. El último de la colección tenía el pomposo título de La España de Juan Carlos I.  

 

Era ésta una forma muy propia de sintetizar la etapa que, desde la muerte de Franco hasta el presente absoluto, recorría la piel de toro. Recuerdo que me desconcertó un tanto el rótulo al verlo un tanto desorbitado, ampuloso, forrado de capa monárquica cuando el personal de calle hablaba, más bien, de transiciones, constituciones, democracias… 

 

Han pasado años de aquello y desde los acontecimientos vividos estos días calientes de abdicaciones pre-veraniegas, me doy cuenta que el título estaba bien puesto.

 

Juan Carlos, masculino singular, el gran representante de la Casa de Borbón en España, es en sí mismo una época que se acaba. Personaje que nació romano e invisible en familia decadente y arruinada, apenas arropada sentimental y económicamente por cuatro peregrinos a Estoril y olvidada por el resto, ha llegado a la cima como los prohombres de leyenda. Forjado en esa legión de astutos destinados a la gloria creando un imperio con la genialidad de ser identificado con una época y una patria que se resquebraja.

 

Hombre forjado desde otros nombres y hechos donde se tejen leyendas y mitologías ya tan lejanas por recientes: Juan y Alfonso de Borbón, Sofía de Grecia, Francisco Franco, Alfonso de Borbón Dampierre, Torcuatos, de-la-ley-a-la-ley, Suárez, Tejeros y Milans, Armadas, Tarradellas, tranquil-Jordi-tranquil, Carrillos legalizados, Felipe González consolidado, Aznar ignorado y ZP abrazado, Mallorca, cacerías, Corinas y bellas rubias gritonas y tan mudas, elefantes de Botswana, me-he-equivocado-lo siento, por-qué-no-te-callas, familia traidora de plebeyos listos o tan tontos, la Reina y yo, iguales-ante-la-ley, en fin…

 

En unos tiempos antimonárquicos, nuestro héroe se inventó a sí mismo, desde un marketing individual de carisma y chistes malos entre protocolos rotos glosados por rigolettos de la corte acuñando un “juancarlismo” de campechanía y carisma en un contexto donde “los borbones borbonean”.

Representante de apellidos, embajador de sí mismo, salva así su dinastía en un campo hispano embrutecido, amnésico, negociado y asimétrico, ya con rejón de muerte desde cuya hemorragia juvenil y en paro se despide a su rey entre banderas tricolores y envalentonadas de estrellas sin trascendencia. Saben los nuevos hiperactivos que, ahora o nunca, tienen una oportunidad histórica para acentuar el revisionismo de aquello que nace en las derrotas y se estrellará en hecatombe desde una utopía con espoleta de atrás a adelante.

 

Y se abre así, en estos junios de preludios bochornosos, el primer capítulo del apocalipsis tardojuancarlista que recorre desde las Europeas de castigo a las Municipales eternoretornistas pasando por referéndum trampas en mes de difuntos.

 

Ahora los medios se emocionan a toda hora hablando de paz y prosperidad en esta España marxista donde todo es PIB e inflación, ignorando suicidios, en una crisis de época cíclica que nos rompe el barco maquillado en brotes de pintura verde.

 

Yo, personalmente, no me quejo de nada porque soy individualista y outcast y, como Don Vito Corleone, pienso que no soy quien para juzgar como se gana la vida la gente. Los reyes, todos los reyes, únicos seres con conciencia histórica desde sus raíces genealógicas,  luchan por esa savia depurada llamada sangre azul, vigilados desde esos retratos clavados en las paredes de palacio exigiendo gloria desde el Pasado vertical.

 

Juan Carlos ha cumplido por los suyos con creces, ese era el objetivo de la familia. De la nada al infinito, sea hoy en Zarzuela o mañana en ese paraíso de las casas Reales, entre el cielo y el suelo, llamado exilio donde, no nos engañemos terminan llegando todos tarde o temprano. Mejor, claro con título de rey y sin problemas económicos que de vizconde de la nada y sin un duro, como aquellos representantes del imperio austrohúngaro, ya que siempre ha habido clases, sobre todo, en el reino de las clases.

 

Entre medias de esta historia tan bonita, la de siempre, España, anécdota para el álbum familiar y objeto para ser glosado en tardes de domingo tomando el té desde palacios allende las fronteras con lágrimas de nostalgia on the rocks.

España, la de Juan Carlos y la nuestra, madre e hija pródiga sin espíritu santo queda, como siempre, huérfana de sí misma, como las suicidas adolescentes llorando al amanecer creciendo desengañadas por saberse poco queridas.

 

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