La pasada noche del día 3 recibí un mensaje de mi amiga Pandora con el siguiente texto: “Oh no! Philip Seymour Hoffman! Jx”. Paré la película que estaba viendo y el plano se quedó en María a contraluz. Estaba viendo “El último tango en París” como homenaje a Maria Schneider en su aniversario, fallecida de cáncer a los 58 y pasando directamente a un olvido del que yo la rescato cuando puedo, en este caso, escribiendo sobre el Tango crepuscular en un fin de semana de fiesta del cine patrio.
Recé lento, me levantaba a escribir sobre Philip con el alma de Capote pero me contuve y seguí con la película y mi artículo. Me parecía que era una falta de respeto a Maria y, con todos los fantasmas en la cabeza, continué viendo cada plano de esa peli, himno a la decadencia del hoy, y donde están tantas claves de lo que está pasando.

 “El último tango” provocó escándalo en su estreno en el año 1972, fue prohibida en algunos países, censurada en todos y siempre se cuenta la anécdota de las caravanas de los pringaos españoles que cruzaban la frontera para verla en Perpignan, junto a otras películas a las que se calificaba como “eróticas”.

Describir esta película como “erótica” es simplemente no describirla. Es ésta una historia que comienza con una blasfemia y termina en muerte para desarrollar entre medias y con maestría el vacío donde un sexo trastornado se configura como única vía de comunicación de los protagonistas. La idea sale del director Bernardo Bertolucci y se plasma con la ayuda de tres artistas: el pintor Francis Bacon, el músico gato Barbieri y el actor Marlon Brando.

La Schneider se nos aparece en el medio de esta odisea pesadilla posando como una chica de 19 años con cabello rizado cubierto por un sombrero de flores flipadas-por-hippies; sus ojos expresivos, que apenas han abandonado una adolescencia pequeño-burguesa, brillan en un cuerpo progresista de niña liberada envuelto en un vestido mínimo. Cuerpo éste con curvas, hay que señalar (se ve que en los 70 los profesionales de la homosexualidad no se habían hecho cargo aun de la industria del diseño en su labor de crear un cuerpo basado no, en el sexo natural, sino en el género conceptual).

María, así descrita, es un prototipo de una mujer diseñada en los laboratorios de la ideología moderna que, aunque lleva muchos siglos avanzando, se hace estética tras los 50. María, en este trabajo, es actriz novel que pasea de las manos de dos viejos lobos que saben mucho de las oscuridades de la vida y manejan las luces del arte: Bertolucci, otro pequeño-burgués refinado que viene de la poesía y de las obsesiones sexuales que se generan en los años de la llamada revolución sexual, amigo personal de Passolini, aquel que dijo agudamente que la “libertad sexual había provocado mas agresividad que felicidad”.

Y Brando. De Brando es mejor no decir mucho porque habría que escribir un libro, o dos, o más. Él es el protagonista del film y la obra ya solo estaría salvada por la fotografía de los perfiles de sombra de Brando que luego sublimaría Coppola en El Padrino.

El cine es un invento que transmite inmediatez, y esta película sintetiza en 120 minutos la fragmentación del humano moderno, la fisura absoluta que las inmensas heridas de la ideología y la falta de afecto dejan en las personas. La distancia infinita entre los corazones, la comunicación y el sexo que forjan dejan a un hombre mudo y sin raíces que clama “yo no tengo nombre” y “no quiero saber tu nombre” para generar una camada de los lobos esteparios que danzan en órbita ante la insoportable levedad de(l) ser.

La película se compone en dos partes unidas por los colores de Bacon y los acordes de Gato Barbieri: las escenas de sexo y dos monólogos de Brando. Estos últimos son el núcleo duro del filme y que explican el resto.

La carrera cinematográfica de María es inexistente tras este film y hace poco apareció en escena para decir dice que se sintió violada en una escena famosa. Escena ésta improvisada por el cerebro de los artistas fuera de guión el día anterior de rodarla y que Brando justificó como “it’s just a movie, sweetheart”. Lo cierto es que María no quiso volver a quitarse la ropa en ninguna peli, que visitó dos hospitales psiquiátricos para estar con sus amantes-de-género y que dejó que la heroína se encargase de guiar gran parte de su biografía hasta morir de cáncer.

Terminó la película y pensé lo patético de estas almas disparadas al infinito tan temprano, con estímulos que dibujan último eslabón hacia la nada. Tengan todas mi cariño, que no es mas que el recuerdo permanente a la obra y a la empatía fraternal de demonios interiores. De Hoffman ya escribiremos otro día y disfruten los Goya.

Philip y Maria, DEP

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