“Bienvenidos a Hungría”, vocaliza la sonrisa de la embajadora de dicho país en un gesto afable de ojos verdes. Estamos en la calle Fortuny, en suelo húngaro apenas a dos pasos de la españolidad de mi palacete, y queremos tender puentes. Es una cita entre custodios del país fuera de sus fronteras naturales y conquistadores modernos – llamados emprendedores – para desarrollar sus ideas en nuevos mundos. Nosotros estamos en el medio, facilitando reuniones, asesorando, acompañando. Informando.

 

En la coqueta sala hay una declaración de principios de nuestro periódico que da pie a un presentación del país y a detallar una descripción económica del panorama para ver oportunidades. Un audaz conquistador narra en primera persona su experiencia de éxito bajando a la praxis todo el marco teórico y motivador expuesto. Al final, tortilla, jamón y vino húngaro entre saludos, intercambios de tarjetas, apertura de comunicación, contactos, en fin, que es de lo que se trata.

 

Salgo a la calle, cruzo la Castellana – el río sólido de Madrid –  y a casa a revelar fotos.

 

Salgo de nuevo. La nueva cita en la Universidad Pontificia de Comillas, Alberto Aguilera. Me encanta ir andando hacia esos muros, no solo por la leyenda de ICADE, sino porque parece un colegio inglés severo, valga la redundancia. Me imagino pasando en bicicleta a lo Oxford y me devuelve memorias de mi otra vida. Tras el hall con recuerdo a los caídos paso por el patio eterno de todos los colegios del mundo hasta la puerta majestuosa que da a la iglesia de la Inmaculada. Otro de los espacios sagrados incendiados en los terribles treinta del pasado siglo que renace en Gótico blanquísimo, austero y moderno hacia el cielo por un retablo policromado rematado en oro donde los ángeles tienen gran protagonismo.

 

Los Jesuitas saben celebrar, está claro. En liturgia sagrada y académica dominan el escenario, nos conocemos bien. Tengo amigos genios, y hoy, uno de ellos, aprovechando el Día de la Comunidad Universitaria va a recibir el Premio Extraordinario en Teología, que viene a ser algo así como la confirmación por escrito del cordón “umbílico-intelectual” con el Misterio. Casi nada. Mi amigo tiene una nota media insultante y demasiadas matrículas de honor que, para mí interés egoísta, se destilan en magníficos apuntes que recibo de vez en cuando y en interminables conversaciones sobre la Vida en mayúsculas. 

 

Nos sentamos, viene el Nuncio Apostólico del Papa acompañado de una legión de sacerdotes. Se enciende el árbol de la sabiduría y el protagonista estrella es Santo Tomás. Le llamaría el gran  intelectual si el término no estuviera tan destrozado desde los egos de la edad moderna. El Santo es más que eso, es el pensamiento y el misticismo, la mente elevada hacia la verdad contemplativa, otra forma de ser, de vivir y de dejarse hacer. Santo Tomás es el hombre y el pensamiento fusionado como un imán hacia la Verdad, mas allá del ego posmoderno y los sistemas de juego del pensar tipo bestseller. Nos lo recuerdan en una homilía densa y académica con ligero acento italiano.

 

 

Estamos en el siglo XIII, en la Universidad y en lo Sagrado y casi en trance levitamos hacia el aula Magna repleta para coger sitio. Aquí todo es gala y algarabía. La procesión de los santos sacerdotes de blanco se cambia por la de los sabios de birrete policromado. La iglesia, ese concepto tan insultado por lo-que-queda-de-la-humanidad-inmanente ha creado esto, señores. Desde la creencia en el Orden y la Inteligencia se ha producido un desfile de aventureros que buscan lo real mediante el juego de sus neuronas. Veo pasar a todos con mi súper cámara entre himnos y liturgia. En el estrado se reparten premios y reconocimientos, desde las butacas lloran madres y todo se convierte en satisfacción y orgullo de amigos que se rubrica por un Gaudeamus igitur que nos devuelve a la vida y a la lengua, que no es otra que el Latín.

Esto es alegría natural, día de embajadas, actos y premios, verticalidad del sentir que nos lleva a celebrar comiendo hogazas con vino en familia. A perfect day indeed.

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