Todo empezó con un tal Abbott diciendo «it’s rubbish» sobre alguna movida relacionada con el tema Orgasmus. Los “traductores-traditores” nacionales, con mala leche y mínimo inglés, destilaron la expresión doméstica en un vocablo sensible… y se armó. Desde ese prólogo british nos ha caído encima una semana ciertamente de rubbish, de garbage o, siendo más concreto, de shit.

Y es que, entre las basuras de abajo y las cloacas de las alturas, están cubriendo nuestra querida patria… ejem, de mierda, con perdón.

En fin, apenas hace unos días aterrizaba tan ricamente en mi parada de metro. La calle Goya enfrente y Colón a mi espalda. «No parece tan grave», pensé, «solo unas bolsas por aquí y por allá». Entonces avanzo hacia mi calle por Lagasca y la cosa se va complicando. El portero me saluda: «ahora está mejor, quite, quite, los dos primeros días fueron malos. Ya sabe, vinieron a informar y empezaron a volar contenedores».

Dejo las maletas y salgo con la cámara dispuesto a no perderme detalle. Era temprano y Serrano amanece feliz custodiado por los maniquís desde sus celdas de diseño. En esta vía la basura siempre es dandi: restos de botellas de marca, bolsas con nombres poderosos, alguna caja de regalos… parece que los grandes restos mundanos se esquinan hacia calles adyacentes, como si se barriese debajo de la alfombra para no perturbar la delicadeza posmoderna de la mirada ciega de los muñecos. Una señora pasa la fregona ante una súper-tienda mientras dos hombres barren portales. Como un pincel.

«Ahí está, ahí está”. Imponente y posando la Puerta que oscila entre Alcalá y Sol para abrirnos un Madrid de postal. El Retiro acoge deportistas mañaneros mientras bajo a saludar a la Señá Cibeles entre banderas. A mi derecha Recoletos recoge restos cosmopolitas, una basura multicultural de propagandas y latas de cerveza, de folletos de menús y publicidades varias para quitar el mal de ojo.

Hacia la Gran Vía el tema va in crescendo: una cola de personal con maletas espera para un concurso de pasteles. Desfilan en la acera junto a un reguero lineal de suciedad que forma en paralelo con los dulces y tartas de los nuevos chefs.

Me desvío hacia San Martín de Tours en una calle de nombre violento con iglesia, policía y meretrices. Las esquinas están colapsadas de restos entre locales deshabitados. Subo a la Plaza España esquivando guiris entusiastas retratando contenedores y parados tomando el sol mientras ignoran a un Quijote quemado a punto de embestir.

Me voy para no verlo y abro otra puerta, la de Toledo, que me arroja directamente hacia la plaza mas desolada de Madrid a diario. Un banco sostiene los restos de un hombre sentado sobre una pintada que suena a epitafio: «hogar del jubilado». Dos ancianas tratan de caminar sin caerse entre calles verticales murmurando tristezas. Es una basura de ofertas en cajas rebajadas, de resto-de-rastro, de lumpen casta, Ribera de Curtidores. Al fondo un hombre recita ripios al cielo en un monólogo blasfemo dedicado a altos cargos de la capital.

Vuelvo a mis zonas naturales para comer algo, agotado de tanto delirio. En Tirso observo que se tira directamente el mobiliario. Hay una mudanza solidaria de objetos del salón y decoración hippie que pueblan las calles. Nos aparece un escenario colorido y flipado como un festival tras juerga. Me tomo un vino en la plaza y sigo hasta la filmoteca nacional entre sillones abandonados y espejos que reflejan cinismo.

Bajando Atocha llego a un barrio custodio de una lengua madre que oculta frases doradas bajo ropas usadas. Esta es una zona de ropajes huérfanos, donde zapatones de domingo y chanclas impares bailan en un striptease bohemio que deja un reguero de vestidos de muchas manos.

Neptuno me acompaña a tranquilizarme y ralentizar mi camino por el Paseo del Prado. El otoño se deja caer en hojas pardas para fusionarse con el verde maltratado por papeleras dadas la vuelta que vomitan un exceso. Parques abandonados de niños invisibles dejan una desolación de columpios rotos. Apago la cámara y se me aparecen restos de pancartas, panfletos, paseo de manifas, reivindicaciones en sepia. Todas las litronas y eslóganes rotos de las protestas de los últimos años salen a la luz enferma de noviembre.

Estoy cansado, respiro ante un ayuntamiento amenazado por banderas rojas y negras que gritan. Hay manifa hasta Sol, vuelta a empezar.

Sigo al personal un poco y me voy sin que se den cuenta. Como sin querer, tratando de huir del ambiente, camino ya sin fijarme hasta que alzo la vista a un gran edificio que pone algo de «Audiencia Nacional». Saco la cámara de nuevo y reflexiono sobre la suciedad de abajo y la de arriba hasta definir con una claridad asombrosa el concepto de «Mierda». Un policía me viene a pedir la documentación y se excusa diciendo que tiene que vigilar este templo.

Un rayo de sol me pellizca cariñoso para indicarme que hace un día precioso. Vaya. Miro al cielo como si acabase de despertar de una pesadilla. Pongo la cámara casi vertical mirando a la Creación y disparo a un crepúsculo que me devuelve la fe de un clic catártico.

Se acaba el día y resumo las notas frente al último café mientras Velázquez, a través del espejo, enseña en clave de peli de serie B, coches de limpieza escoltados por la policía. Una trabajadora sale y de entre la montaña de escombros de una esquina escoge una bolsita verde y la lleva coquetona al camión en servicio mínimo. Alzo la mirada, las luces de Ortega y Gasset están puestas ya, exigiendo, suplicando, la Navidad cuanto antes.

Pido la cuenta, apago la tableta y camino hacia mi palacio con el mismo gesto que De Niro en el póster de «Taxi driver».

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