No se me había olvidado el ambiente, los olores, colores y sonidos. Hay banderas múltiples, razas variadas, multitud de cámaras reproduciendo momentos. El calor ha bajado ligeramente pero para mi sigue siendo sofocante. Observo este Coliseo con la misma admiración que si estuviese en mi ciudad eterna, con la misma sorpresa que cuando hace ya casi una biografía miraba alucinado otro estadio minúsculo en mi tierra en comparación a éste. Como las proporciones sentimentales son idénticas la impresión es tan grandiosa como antaño.
He llegado andando desde casa, en apenas media hora. Partiendo de la soledad de agosto que invade el barrio de Salamanca, me dejo bajar por la impersonal María de Molina hasta enlazar por fin con la romería blanca de la Castellana donde bajo la misma camiseta brotan diferentes acentos: gallego, sudamericano, british…
Mi amigo llegará en nada, hago fotos mientras tanto de la euforia del personal y los colores, de la policía montada, de los excéntricos… Tomamos una cañas en los aledaños y el ambiente cambia en unos metros – nota característica de LosMadriles –  variando desde la afición engominada de los palcos de honor hasta el griterío yugular y macho de los mas fieles bajo la observación de guiris que se acaban de comprar el uniforme oficial.
Entrar en el estadio es un rito, la portada hacia la fusión con el grito común, la comunión de la euforia y la ebullición de un entusiasmo efervescente. Tras las cortinas del imponente hormigón y tras pasar los tornos se empieza a vislumbrar la magia verde de un campo de guerra. Subimos las escaleras hasta las butacas donde se llega a la Gran Vista. La impresión de las primeras veces, sentimientos enclaustrados en el disco duro del alma se vuelven a abrir, el niño interior renace y el gesto de asombro e ilusión me forja de nuevo el rostro. Me acuerdo de quien tengo que acordarme y rezo emocionado, -ojala estuvieses aquí- termino.
Vuelvo a pensar que es lo mas bonito que he visto en mi vida, lo mas incomprensible y grandioso, la consciencia de tener la historia al alcance de la vista aunado con la belleza enmarcada de las scalas de Milán o de los anfiteatros de Sicilia.
Desde que recorro el mundo con cámaras mis puntos de vista se reproducen, el goce se duplica y así comienzo a gravar el Momentum.
Salen los modernos héroes a calentar, y con ellos los aplausos y los gritos de la canalla. La megafonía canta alineaciones y en la salida triunfal se muestran imágenes virtuales del Olimpo de la historia, se escucha a Turandot y lo cierra un imperial Plácido Domingo subiendo el Hala Madrid a las alturas de la épica de un deporte que ya no lo es. Un himno de centenario, de campo de estrellas y de leyenda . Campo que invoca a la historia resucitando en garra a un Juanito Maravilla que cada vez está mas vivo.

La sinfonía comienza, el Barcelona toca y el Madrid mata, los culés son el refinamiento del futbol, el arte por el arte: cuarenta pases horizontales para aburrir al rival esperando uno de la muerte, el encaje de bolillos elevado a trascendencia. El Madrid mira, espera, presiona, roba y en tres pases están diseñados para matar, -mas allá el campo se convierte en laberinto donde se pierden todos-.

La primera parte podría haber sido el fin de una época, el fin de Tito y las hogueras de la prensa culé pidiendo cabezas y mas rescates sin condiciones. Pero la vida, el futbol sigue y en la segunda parte el orgullo del mejor equipo del mundo en los últimos 5 años aparece para arrinconar a la Historia Blanca. 10 contra 11 pueden mas de 11 contra 10 y en mundo donde las matemáticas no tienen sentido las tornas están a punto de cambiar.

El calor que trae la luna llena de agosto hace es cada vez mas asfixiante y los jugadores se arrastran a los banquillos a beber agua. Se empieza a sufrir de verdad, ¡como me acuerdo de lo que era sufrir en Zorrilla! Cuando vemos a Messi crear un efecto imposible con el balón.

El calor hace parar el tiempo, como los relojes de Dalí y la eternidad aparece en los últimos cinco minutos para terminar extenuada por fin en una explosión de euforia y rabia.

Levanto la mirada al cielo y vuelvo a rezar por me acuerdo de aquel que me llevó por primera vez a un estadio, hoy justo como la primera vez.
¡Ojala estuvieras aquí!

 

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