MORIR EN DEBOD

Paseamos despacio por los dominios del Pintor Rosales en las postrimerías de un día de calor pleno que abrasa cada esquina de la capital.
Una hilera de terrazas chic con representación de rubias de artificio acompañadas de pollos engominados salen de locales de diseño surrealista pop de colorines tipo Warhol. Se unen por sorpresa una tribu de chicos disfrazados de héroes que tiran de sus madres con esa alegría que dan las fiestas de fin de curso.

Cruzar la acera es aparecer en otro siglo donde reina el perfil severo de La Chata, infanta de España, cuya sombra imponente explota el blanco del monumento.

Apenas pasan coches a estas horas; en este lado del Paseo hay una calma chicha que comparte el murmullo de familias agigoladas declarándose frases hechas junto a maldiciones de vagabundos en monólogos sordos. El único movimiento se genera por camareros uniformados que desfilan entre refrescos.

Nuestra conversación comienza a desvelar recuerdos de otro paseo, de aquel primer Paseo, el iniciático, donde entre los cielos del teleférico y el pavimento de la terraza terminamos descubriendo las primeras verdades.

De repente ecos de tragedia desde el fondo del Paseo interrumpen la noche. Nos miramos con sorpresa de antaño y aceleramos ante el origen de tal exhibición.

Son gritos de dolor y venganza, lamentos in crescendo. Todo desde el ocaso del inmenso Egipto madriles que reposa en el Templo de Debod. El azulado de la noche se funde en negro de etiqueta y nos hacemos sitio entre una multitud expectante.

Llegamos sin dificultad hasta reflejarnos en el lago junto a las piedras milenarias. En el medio del monumento está el hombre que clamaba venganza: tiene la espalda quebrada y la voz firme para dirigirse a la figura de una belleza frágil de una mujer joven y burlada. Gilda, su hija, llora, y el padre se retuerce lo que da de sí su maltrecho físico. Los acordes de la vendetta se imponen.

A mi derecha, el grupo de cortesanos, raza maldita, acaba de ser expulsado del centro escénico para cambiarse de ropa en un palacete improvisado mientras atrona una ovación de auditorio entregado a nuestras espaldas.

Se hace la música de nuevo, y con ella el silencio entregado del auditorio. Un hombre prepotente inunda el escenario con una declaración de principios sobre el maleable pensamiento de la fémina, como una pluma al viento. Hombre avispado que cambia el registro para declarar bella-figlia del-amore hacia otra conquista nueva. Un cuarteto de voces de seducción, coqueteo, indignación y pena se mezcla en fusión acompasada en un vértigo entre columnas.

La audiencia ofrece atención y silencio ante los nuevos acordes oscuros. Un trato de muerte se está realizando ante nuestros ojos y sabemos que terminara mal. El tono se nubla, la tensión aumenta, la muerte aparece y el silencio enlutado se viola asombrado ante una cancioncilla del Duque. Tras recordarnos que la donna e moble qual piuma al vento nos confirma que la muerte se vuelve a equivocar de posada.

Descubrimos, una vez mas, que siempre morimos los mismos y que los mismos siguen sobreviviendo. Acompañamos a Rigoletto descubrir el cuerpo atónito de una muchacha que ya solo aspira a ver a su madre allá en el Cielo, esa única esperanza de los caídos del mundo.

Una explosión de aplausos anuncia la celebración del arte y de la estilización del dolor.

Nos levantamos con dificultad en las rodillas y comenzamos la vuelta a casa entre las sombras de una noche abrasada donde el calor persiste, la luna ríe y el dolor ha adquirido sentido.

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